Con la caída del sol del lunes 6 de octubre, las familias judías alrededor del mundo levantarán muros hechos de tela, madera y esperanza para dar comienzo a Sucot, una de las festividades mayores del calendario hebreo. Durante una semana, la vida se traslada a la sucá, esa cabaña efímera y simbólica que invita a compartir, aprender y celebrar. Pero Sucot no es solo un ritual antiguo ni una reunión de obligaciones. Cada año, en la fragilidad de esas paredes temporales, se despliega una de las experiencias educativas más completas y ricas para los más pequeños. ¿Cómo se convierte una fiesta religiosa en una herramienta pedagógica poderosa? ¿Qué opinan maestros y líderes religiosos sobre su valor formativo en las aulas y en casa? En este artículo exploramos ejemplos concretos, testimonios y proyectos vivos en las escuelas y comunidades del mundo, para descubrir cómo Sucot transforma el aprendizaje en celebración y la convivencia familiar en lección de vida.
El legado bíblico y su mensaje educativo
Sucot, conocida también como la Fiesta de las Cabañas o de los Tabernáculos, rememora las peripecias del pueblo judío durante cuarenta años en el desierto tras la salida de Egipto. Según la tradición y el relato bíblico (Vayikra 23:34-43), fue en cabañas temporales –sucot– donde los israelitas aprendieron a confiar en la protección divina, mientras el sol y la arena marcaban el ritmo de su vida nómada. A la vez, la fiesta marca el final del ciclo agrícola, agradeciendo las cosechas y la generosidad de la tierra.
En pleno siglo XXI, Sucot conserva esta doble función: es una conmemoración histórica y un llamado a la gratitud, la humildad y el reconocimiento de la fragilidad humana. Vivir bajo un techo provisorio, abierto al cielo, enseña a grandes y chicos una lección sobre los límites de la seguridad material y la importancia de la confianza, la unidad familiar y la fe. Es, en palabras de la pedagoga y autora Slovie Jungreis-Wolff, “un ejercicio simbólico de humildad, pero también un abrazo divino: la sucá es la forma en que Di-s nos abraza”.
La sucá: aula efímera, refugio de aprendizajes
El corazón de la festividad es la construcción y la vida en la sucá. Se trata de una cabaña hecha de materiales naturales, con al menos tres paredes y un techo –el sejaj– elaborado a partir de ramas, hojas o cañas. Por sus características, la sucá debe permitir la visión del cielo de noche, recordando la fragilidad y transitoriedad de la vida humana. La construcción, decoración y uso de la sucá se convierten, de hecho, en una actividad interdisciplinaria que involucra conocimientos de arquitectura, ciencias naturales, arte, historia y convivencia.
Para los niños, ser parte activa en el diseño y embellecimiento de la sucá es una oportunidad irrepetible de aprendizaje activo. Se fomenta el trabajo colaborativo, el pensamiento técnico y estético, la creatividad y la apropiación de la tradición. Como nos comparte el rabino Pablo Iugt de la Escuela Bialik en Rosario, “Cuando un niño ayuda a armar la sucá, no solo aprende sobre tradiciones de su pueblo, sino sobre la importancia de construir con otros, de aceptar que lo esencial a veces es frágil y que pasamos de la teoría a la acción con alegría y responsabilidad”.
Las Cuatro Especies: Lulav, Etrog, Hadás y Aravá
Paralelamente, otra práctica esencial de Sucot es la bendición de las Cuatro Especies (Arba Minim): el lulav (rama de palmera), el etrog (cidra), el hadás (mirto) y la aravá (sauce). Cada una de estas plantas posee su simbolismo, representando la diversidad de personalidades y talentos dentro del pueblo judío. Los niños, al manipular y estudiar estos elementos, encuentran en la botánica, la hermenéutica y el simbolismo religioso una experiencia sensorial y cognitiva única.
El acto de juntar y agitar las Cuatro Especies en todas las direcciones es una pedagogía en movimiento: “Nos enseña que todos somos diferentes y necesarios; la unidad no es uniformidad, sino la suma de singularidades puestas al servicio del todo”, explica la morá (maestra) Miriam Jablonski en su guía multimedia para escuelas primarias.
El valor pedagógico de Sucot según educadores
Los docentes consultados coinciden en el alto valor didáctico de Sucot. Para la profesora Miriam Jablonski, autora de proyectos educativos multimedia, “las fiestas religiosas pueden ser el mejor laboratorio de ciudadanía y valores. Los niños internalizan conceptos como solidaridad, humildad y gratitud no solo con el discurso, sino viviéndolos activamente en la sucá, en la hospitalidad y en la alegría compartida”.
Amalia Suaña, maestra de inicial en el Lago Titicaca, recuerda: “La educación debe salir del aula y abrazar la experiencia. Construir una cabaña juntos, compartir historias dentro de ella y reflexionar sobre la vulnerabilidad hace que el aprendizaje sea más significativo y humano. Los niños no solo aprenden historia o normas religiosas, sino que incorporan prácticas de convivencia, respeto y diálogo”.
Por su parte, Carmen Medina, del distrito limeño de San Juan de Miraflores, resalta: “El trabajo en festividades, como Sucot, promueve la creatividad, la toma de decisiones, el desarrollo de la personalidad y el sentido de pertenencia. Las manualidades, el juego, la música, el arte y los relatos familiares, cuando se integran con la tradición, generan oportunidades de aprendizaje para la vida”.
Palabras de rabinos y madrijim: educar habitando la tradición
El rabino Eli Levy, desde Jabad, enfatiza: “Sucot es la época de nuestra alegría, pero también una poderosa escuela de confianza y fe. El niño que se sienta bajo una sucá aprende, sin que nadie se lo diga directamente, que su seguridad viene de lo Alto, y que puede construir puentes y amistades con quienes lo rodean”.
El rabino Pablo Iugt lo sintetiza así: “La sucá es más que un refugio, es un aula de valores. Al compartir el espacio, abuelos, padres e hijos retoman los lazos generacionales y se redescubre el poder de la tradición compartida. Sucot enseña que la casa es la gente que la habita y las historias que en ella circulan”.
Sucot: fortaleciendo la autoestima, el vínculo y la resiliencia
Diversos estudios y testimonios revelan que la participación en actividades de Sucot impacta de manera positiva en el bienestar emocional, la autoestima y el desarrollo socioafectivo de los niños. Las celebraciones sociales, según investigaciones recientes, incrementan el sentimiento de pertenencia, reducen la ansiedad y la depresión e incentivan actitudes prosociales como la cooperación y la empatía.
En el contexto escolar y familiar, la convivencia en la sucá, la preparación colaborativa y los rituales compartidos generan espacios seguros donde los niños pueden expresar emociones, compartir inquietudes, fortalecer su identidad y construir recuerdos felices. Incluso en entornos no judíos, la inclusión de festividades culturales en la escuela enriquece la tolerancia, el respeto a la diversidad y el diálogo intercultural de forma activa y vivencial.
Educadores en Lima y otras ciudades del Perú subrayan que, a partir de la experiencia de Sucot, los niños desarrollan habilidades de comunicación, liderazgo participativo y valoración del trabajo grupal. El juego en sectores y los proyectos sobre festividades permiten que los estudiantes se expresen, dialoguen, negocien y resuelvan conflictos, aplicando el aprendizaje académico a la vida cotidiana.
Sucot, una escuela de vida bajo el cielo abierto
Sucot es mucho más que una festividad religiosa: es, en esencia, una invitación a vivir la tradición, la convivencia y el aprendizaje en primera persona. De la cabaña construida con esfuerzo colectivo a las Cuatro Especies agitadas con alegría, cada símbolo y cada práctica constituyen un recurso pedagógico de valor incalculable para niños y educadores. La experiencia de pasar una semana en la sucá enseña lecciones de humildad, gratitud y resiliencia, fortalece la identidad y promueve el diálogo entre generaciones. Ya sea en Lima, Puebla, en Jerusalén o en cualquier rincón del mundo, Sucot convierte la educación en una fiesta compartida, y la fiesta en la mejor maestra de todas.
Como expresan los educadores y líderes consultados, “Sucot es la escuela de la vida, donde aprendemos a ser fuertes en la fragilidad, solidarios en la diferencia y alegres en la incertidumbre. Y esa, quizás, es la lección más grande que un niño puede llevarse para siempre”.
